Una tripa de culebra serpentea entre los efluvios de la
hoguera donde
queman a unos herejes. Grendel observa entre los abetos,
a distancia.
Ha visto más de una quema de herejes. Pero ésta
no le gusta. No le gusta
el olor. Ni le gustan las vetas que se retuercen y se
enroscan entre las
llamas de la hoguera. Sus colores son distintos a todo
lo que él ha visto.
La carne humana no debería quemarse así.
Los soldados de Hrothgar están tensos. Y no ha
sido el aguamiel del día
ni el eclipse de Luna. Hace muchas lunas que la temporada
de cosecha
quedó atrás y podría ser el frío
cortante. Pero no están seguros.
Y están inquietos.
Puede que los Dioses estén molestos, pero si lo
están no lo demuestran
en la forma usual. Por eso es que hay tanta tensión
entre los soldados
de Hrothgar. Casi se le podría erizar la piel
a un arenque en la mano.
La quema sigue su curso hasta que la última lengua
de fuego se extingue
entre en rescoldos. Todo acaba sin incidentes y los soldados
exhalan
aliviados. "Dos herejes menos. Una jornada más",
piensan al darse la
vuelta y emprender el camino de regreso a la aldea. Casi
puedo saborear
su pueril y aterrado alivio mientras la penumbra se va
tragando sus
espaldas cansadas. Pobres benditos. Qué simple
y breve es su vida.
Entre el carbón y los troncos chamuscados se deslizan
los jirones de un eco rojizo.
Tu mano murió aferrada a la mía en un quebradizo
entrevero de cueros
renegridos. No faltará algún escarabajo
que casque el pellejo chamuscado
y adopte lo que fue la palma de mi mano como hogar. El
próximo verano.
La memoria de la canícula reverberando entre las
espigas del prado
estival se secó en tus ojos junto con la última
lágrima de piedad hacia
tus verdugos. Cuando quisiste verte en mis ojos por última
vez ya tus
ojos eran brasas. Los míos lo fueron poco después.
Grendel no se molestó en acercarse al montón
humeante. Se dio media vuelta y desanduvo desconcertado sus pasos por entre
los abetos.
Una suave nevada comenzó a caer mientras los soldados
ahogaban su
terror en el vientre de sus mujeres y los troncos aún
humeantes parían
un último reflejo rojo ahogado.
Y luego el frío.
··· ···
Y cuando finalmente estuvimos solos nos levantamos de
entre las cenizas.
Tu mano en mi mano.
Y dejamos atrás aquel lugar y sus miserias.
··· ···
Y hoy mis ojos ven tus ojos.
De nuevo.
Francisco.
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