Me siento enferma. El mal se extiende cada vez con mayor
rapidez, pero
no hay cura posible. Sólo mi voluntad de vivir
y mis vanos esfuerzos por
controlar el virus me han permitido llegar hasta este
momento. El más
anciano de nuestro grupo me describió con morboso
detalle las causas
y evolución de la enfermedad.
Comienza inesperadamente, bajo un estímulo que
en otros casos es
inocuo, y comienza a extenderse por el cuerpo destruyendo
otros
organismos o haciéndolos colaborar en su tarea
letal.
Poco a poco, dependiendo de la especie de parásito,
se adueña de las
funciones vitales y comienza a reproducirse sin control,
pervirtiendo el fin
al que, en un cuerpo sano, se dedican los diferentes
órganos.
No obstante, hay períodos en los que el virus parece
sufrir una recesión...
pero siempre es pasajera. Estos momentos de relativa
mejoría sólo indican
que en cierta zona la acumulación de agentes cancerígenos
es excesiva,
provocando autodestrucciones masivas.
El mal que yo padezco es además de un tipo especialmente
maligno, casi
cruel en su naturaleza, pues la agonía es larga
y dolorosa. Para colmo, he
contagiado a una de mis compañeras, y otros del
grupo también están
expuestos a la enfermedad, al parecer de forma inevitable.
He llegado a un punto en el que odio a los virus. Mi único
consuelo es que
mi muerte también será la suya... y espero
que un caso así no se repita.
El más anciano del grupo me ha dado también
una serie de nombres
técnicos, pero a mí eso ya me da lo mismo.
Hecho de menos mi juventud,
mi cuerpo fuerte y rebosante de vida. En realidad, me
queda aún bastante
para los seis mil millones de años.
Sin embargo, antes de morir lanzaré mi advertencia
a mis hermanas las
estrellas, porque es posible prevenir la enfermedad si
uno la ataja en sus
comienzos. Yo pude haberlo hecho, pero jamás creí
que pudiera llegar a ser algo tan maligno.
Jamás me arrepentiré lo suficiente de no
haber destruido ese virus que
el anciano --el Sol-- llama "el Hombre".
Ahora yo, la Tierra, tengo mis días contados. |